Día 1. Viernes 27 de marzo.
El primer día, como casi siempre, debería de haber sido un simple tramite. En esta ocasión ir al aeropuerto de Sevilla, volar a Estambul, hacer una escala larga hasta el día siguiente, y de allí a Igdir. El guión pega un vuelco cuando recibo un mensaje de Orhan en el que dice que hay una mujer desaparecida en el Ararat, (probablemente fallecida) y que el gobierno turco ha cerrado el acceso a la montaña, también propiciado por las enormes nevadas de estos últimos días, lo que la hacen peligrosa.
La noticia nos llega ya con el equipaje facturado, así que como mínimo tenemos que ir a Estambul a recuperar nuestros petates, donde está todo el material. Pequeño debate grupal, solo para ver cómo nos afecta, porque no mostramos ningún atisbo de cambiar el curso del viaje. Mientras nos tomamos un café vemos que nos retrasan el vuelo algo más de una hora. Se nos empieza a torcer nuestro viaje de alpinismo a Turquía.
Llegamos a Estambul, son las 20:30 del viernes. El vuelo a Igdir es el sábado a las 8:35am, decidimos salir del aeropuerto y buscar un buen lugar para cenar. Vaya ojo con el taxista. Nada más montarnos en el coche el tipo jugando a la tragaperras en el móvil, y en cuanto arranca el coche, para sus adentros, como si estuviera jugando al GTA. Peligrosa la montaña no, peligroso ir en taxi por Estambul. Antes ya habíamos dejado los petates en una consigna del aeropuerto y comprado una SIM en TurkCell para tener acceso internet. Tras cenar en el restaurante de una familia majísima volvimos al aeropuerto para tirarnos en cualquier rincón e intentar dormir unas cuantas horas hasta coger el vuelo a Igdir.




Día 2. Sábado 28 de marzo.
Cogemos el vuelo a Igdir. El trayecto no llega a dos horas pero el cambio de entorno es abismal, el aeropuerto de Estambul (pese a ser el antiguo) es grande y lujoso, el aeropuerto de Igdir es antiguo, pequeño y sobrio. Nos recogen para irnos a Dogubayazit, la ciudad que debe de servir como base de operaciones en nuestra estancia turca.
En la puerta del aeropuerto nos espera «Chico Sinan», el conducto que ha contratado Orhan para llevarnos a Dogubayazit, el traslado no llega a una hora. El cielo está cubierto de nubes y no podemos ver los paisajes más allá de cierta altura, asi que nos perdemos todas las cotas altas de las montañas. Esto no hace más que centrar nuestra atención en los elementos cercanos; suelo de andosol, hierba baja y amarillenta, construcciones a medio terminar y gente a la que parece no importar no hacer nada.
Llegamos a hotel «Nuh Life» (o como sería en español «Vida de Noeh») y allí nos espera Orhan. Tras dejar los petates en la habitación realizamos una primera visita a la zona cercana del hotel, cambiamos dinero y comemos. Toca reunión con Orhan para analizar al situación de la montaña y las posibilidad que tenemos.
La conversación comienza un poco tengas, Orhan está nervioso. No recuerdo con exactitud sus primeras palabras, pero sí que fue al grano.
«La montaña está cerrada amigos, os avisé antes de coger el avión»
Esto era algo que ya sabíamos, pero cuando nos enteramos ya estabamos para montarnos en el avión. De hecho casi mejor así, porque dar la noticia en ese momento ya no obligaba a volar. Si llegamos a saber un día antes hubieramos tenido un debate grupal interno sobre qué hacer, ¿ir o no ir?
El resumen de la reunión fue claro: Una mujer ha desaparecido, la meteo es mala para los próximos días, el gobierno ha cerrado la montaña y buscaremos otras alternativas sobre qué actividades hacer.


Día 3: Domingo 29 de marzo.
Suena la alarma a las 7:45, no es temprano para un viaje que se presupone montañero, pero como finalmente el día de hoy es para hacer una ruta en una zona cercana no hace falta salir antes. Desayunamos en el hotel. Cuarta planta. Vistas al Ararat. Está tapado por las nubes pero se deja entrever. Entre los cuatro debatimos sobre el estado de la montaña y de la situación en sí. Hay mucha nieve, quizás demasiada.
Orhan llega acompañado de Jumma, otra guía local que irá con nosotros en esta ruta. No sabemos qué es lo que vamos a hacer, pero está claro que mientras esperamos noticias del Agri Dagi (Ararat en turco) tenemos que entretenernos en algo. Ese algo son unas aristas que se veían imponentes desde que llegamos a la ciudad. Una sucesión de magníficas agujas de auténtica vestimenta galayera que te llaman desde que las ves.
Nos vamos dando cuenta de que el paisaje no es andesita ni basalto, sino calcáreo. No estaba muy puesto en la geología de esta zona turca, tampoco importaba porque nuestro camino iba a estar, casi en su totalidad, cubierto por la nieve y el hielo. Igualmente no deja de sorprenderme.
