Sábado, 27 de junio.

Los días previos a una expedición siempre son especiales. Emotivos. Llevo varias semanas que se me humedecen los ojos cada vez que me viene a la mente el viaje. Quizá porque ya sé lo que conlleva todo esto.
Escribo esto cuando justo queda una semana para Alpes, y pienso en estas lineas mientras voy con Eva a Santa Lucía. Tengo que limpiar una vía que equipé, y quiero hacerlo antes de la expedición, porque al alpinismo hay que ir con los deberes hechos.
Los deberes hechos, los te quiero dichos y los besos dados. En el alpinismo nunca se sabe. A ver si soy capaz.
Es mi sexta expedición fuera de España, lejos quedan ya aquellos viajes a Perú, Marruecos, Kirguistán. Turquía. Pongo Turquía en punto y seguido porque ha sido la primera en la que tuvimos un traspié que nos obligó a cambiar el rumbo. Ya tocaba después de tan buena suerte.
Me siento afortunado de hacer alpinismo porque a cada instante te recuerda que la vida es aquí y ahora. Que no hay momento de tener la mente en otro lugar. Que hay que ser preciso. Lo dificil es llevar eso al día a día. Lo intento.
Lo que no he hecho todavía es preparar la maleta. No me apetece y no dejo de postponerlo.

Viernes, 3 de julio.

Esta semana tenía que dejar cosas cerradas, he escrito, he solucionado algunos problemas que tenían enquistados, he hecho un par de apaños en casa y me he dado el lujo de equipar «Dependencia Emocional», qué nombre tan a fín a muchos de los problemas que nos creamos, sin motivo alguno, nosotros mismos.
A veces pasa que olvidamos que todo termina, pero con el alpinismo no. Que no hay que prometer las cosas, que hay que demostrarlas. ¿Nos mantiene el alpinismo más vivos? ¿Nos sentimos ahí arriba tan vulnerables que vivimos más intenso?
Hasta hoy viernes no tenían claro si publicar estas líneas en el blog. He decidido que sí mientras me daba un baño en la piscina de casa de mis abuelos, que he ido a despedirme de ellos. Están mayores, pero están genial.
Estaba allí la asistenta social que les hace compañía todas las tardes, y cuando nos estábamos despidiendo me ha dicho «¿Hijo, a tu madre le gusta que te vayas?», y yo, sin pensarlo mucho le he contestado «A mi madre le gusta que vuelva».

Deja una respuesta