El primer día debería de haber sido un simple tramite. Ir al aeropuerto de Sevilla, volar a Estambul, hacer una escala larga hasta el día siguiente, y de allí a Igdir. El guion pega un vuelco cuando recibo un mensaje de Orhan en el que dice que hay una mujer desaparecida en el Ararat, (probablemente fallecida) y que el gobierno turco ha cerrado el acceso a la montaña, también propiciado por las enormes nevadas de estos últimos días, lo que la hacen peligrosa.
La noticia nos llega ya con el equipaje facturado, así que como mínimo tenemos que ir a Estambul a recuperar nuestros petates con todo el material. Pequeño debate grupal, solo para ver cómo nos afecta, porque no mostramos ningún atisbo de cambiar el curso del viaje. Mientras nos tomamos un café vemos que nos retrasan el vuelo una hora. Todo empieza torcido.
Llegamos a Estambul, son las 20:30 del viernes. El vuelo a Igdir es el sábado a las 8:35am, decidimos salir del aeropuerto y buscar un buen lugar para cenar. Vaya ojo con el taxista. Nada más montarnos en el coche el tipo jugando a la tragaperras en el móvil y en cuanto arranca el coche, para sus adentros, como si estuviera jugando al GTA. Peligrosa la montaña no, peligroso ir en taxi por Estambul. Antes ya habíamos dejado los petates grandes en una consigna del aeropuerto y comprado una SIM en TurkCell para tener acceso internet. Tras cenar en el restaurante de una familia majísima volvimos al aeropuerto para tirarnos en cualquier rincón e intentar dormir unas cuantas horas hasta coger el vuelo a Igdir.
